Shakespeare y las horas pico

A menudo tengo una preciada rutina para mis largos trayectos en ómnibus. Son 331641_0 los momentos del día que aprovecho para mezclar dos de mis pasiones, la música y la lectura.

La primera se detiene cuando, por respeto, me quito los auriculares en caso de que suba algún artista callejero. He aprendido que la mayoría de las veces termino sorprendiéndome emocionada por alguna voz gardeliana o por un acorde hechizante, que inauditamente sale de las guitarras más desvencijadas que he visto pero que imagino no menos amadas.

Fuera de esos momentos de gloria artísticos, el resto intento practicar la primera composición a la que me refería.

El dilema radica cuando nos negamos a postergar ese hábito y todo lo que nos corte la posibilidad de volver a nuestros seductores párrafos nos obliga a crear las ideas más descabelladas para poder salvar la situación .

En alguna funesta oportunidad he sufrido el olvido de mi libro compañero (libro  o libroS; quiero confesarles que contra las pautas de la coherencia intelectual internacional y de las criticas constantes de Cosme, nunca puedo leer un libro a la vez; es decir, es difícil que termine uno por completo antes de comenzar otro)  y he tenido que parar de recitar malas palabras cuando pasaban solo de mi idea a mi voz , ante el horror de alguna señora mayor a alguna palomita de moña azul (pensándolo mejor la situación con las segundas personitas son las menos, en general soy yo la que me sorprendo con sus epítetos , egresados de la real cacademia; más que ellos con los míos).

3272892123_b974a63ca6A excepción de esos alzemeíscos momentos, con frecuencia un libro es parte de mi dalística cartera junto al infaltable sobre de café, la cartuchera y el rimel negro, único maquillaje que utilizo a diario (si sí, no debería creer que solo con una pasta oscura se obtiene la misma funcionalidad que con el espejo de Blancanieves, pero permítanme esa femenina licencia).

La mejor locación para mi práctica cultural, es la ventana; lugar ansiado si el viaje es largo. No tenemos necesidad de dejar paso al que siempre se le ocurre bajar justo cuando Julieta acaba de tomar la pócima, es como si alguien se cruzara por delante del televisor a la hora en que peñarol va a tirar un penal después de haber apuntado 5 goles (papá olvidarás la ultima frase en tres, dos, uno…).

El corredor también tiene otros riesgos para el lector colectivero: si el asiento encontrado se encuentra cerca de la puerta de subida y los asientos especiales están completos, seguramente al momento de la página final o en la línea previa a ser develado quien era el asesino, suba una persona mayor o una señora embarazada a quien cortésmente deberemos ceder el lugar.

Pero lo anterior es solo la n en la sumatoria de obstáculos a sortear cuando la combinación es libro y cualquiera de las modalidades de boletos nuevos.

Los momentos que más exigen destreza son cuando la lectura se vuelve más densa.

Me ha pasado ir leyendo Ulises de Joyce o Sobre héroes y tumbas de Sábato nikolo cuando sube el señor que tiene una especie de mini-shopping consigo o el de la crema de limpieza que usa grasa de la puerta del ómnibus para ilustrar la eficacia de la misma, y ahí termino leyendo frases como …”le apuntó con el dedo en befa amistosa,- chocolates nikolo 10 pesos- y se fue hacia el parapeto –gomitas para el pelo 10 por 15 pesos -riendo para adentro – pastillas de menta 5 pesos-”, por lo que entenderán ahora complemento ese tipo de lecturas con un  marcador flúo y exégesis en lápiz en cada margen.

Dejo para el final los trayectos entre las 18 y las 20, reales detractores de los entusiastas lectores con boleto. Me saco el sombrero para aquellos que luchamos por liberar una mano y así poder asir el libro aún a sabiendas que necesitaremos malabares circenses para pasar a la siguiente página, mientras rezamos sumidos en una masa de gente, tomados del pasador, que el chofer no aplique una de sus típicas frenadas asentidotas.

Y hasta mis próximas líneas dejo a los que viajan en auto, mis saludos. A los que amamos la lectura, y sufrimos los colectivos, el mayor y más emotivo de mis abrazos.

Queridos, no desfallezcamos. Insto a un llamado mundial de reconocimiento y a continuar ejerciendo tan digna actividad.

[Nota de Cosme: Ahora…leer en el BAÑO en el OMNIBUS… ahí si estamos hablando de felicidad!]

Alice.

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4 Respuestas a “Shakespeare y las horas pico

  1. Alquimista del Corazón

    Me encantó el relato… me sentí tan identificada que me reí de la A la Z… yo agregaría la desesperación que le entra a una si te queda la última carilla y estás llegando a tu parada!!! Por Dios!! Yo he llegado a evaluar (debo reconocerlo), si bajarme o terminar de leer y caminar con el libro bajo el brazo de retorno pero con la sonrisa en los labios de “misión cumplida”.
    Besos, Felicitaciones y hasta la próxima!!!

  2. La dentista Chiflada

    me mato la comparación con los que viajan en coche… nunca lo pensé pero de verdad….feliz ellos por su estatus…. y felices nosotros los que nos culturizamos en el bus!!!!

  3. Un placer la lectura en el transporte capitalino, aunque con sus claros obstáculos…. intentar leer de pie, por no poder esperar la llegada al hogar, puede ser un ejercicio desafiante también!

  4. Leer en el ómnibus es sin dudas la mejor forma de aprovechar el tiempo del viaje, pero como señala Ud. hay que evitar las constantes distracciones, todo un desafio…. Saludos cordiales.

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